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La balada del metro sin puertas

La balada del metro sin puertas es una obra excepcionalmente bella y extraña. La indiscutible belleza, densidad narrativa y calidez de esta obra —una novela filosófica escrita con un gran pulso, pero también una especie de tratado íntimo sobre la vida moderna y la condición (...)

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La balada del metro sin puertas

David Antona González

La balada del metro sin puertas es una obra excepcionalmente bella y extraña. La indiscutible belleza, densidad narrativa y calidez de esta obra —una novela filosófica escrita con un gran pulso, pero también una especie de tratado íntimo sobre la vida moderna y la condición humana—, fluyen a través de un protagonista que describe a esos hombres y mujeres empeñados en vivir «la trama dura y luminosa de los días y las horas sucediéndose a sí mismos; de los gestos humildes y repetidos que son la forma que adopta la vida del hombre cuando no se escucha vivir, cuando no le traspasa la duda, cuando no le corroe la visión de los hombres y de las mujeres que no conocerá jamás; cuando no lo atenaza el deseo de socavar su sangre y de dejar al aire el pulso secreto que discurre por debajo de ella».
Su protagonista, aunque también «héroe», es un paseante curioso que deambula sin rumbo fijo de una ciudad a otra, interesado en captar «la belleza y el misterio del mundo que a veces irrumpe detrás del orden de las cosas, de su apariencia equilibrada y fría». Una belleza y un misterio que lo conduce de un país a otro, de una situación concreta a otra distinta, relatando encuentros y experiencias en el centro del mundo, aquel lugar donde laten las cosas verdaderamente importantes. Se mueve, efectivamente, y el mundo parece seguir su curso a pesar de que él se sienta ya en otro lugar, más allá del aquí y del ahora, desapegado para poder sentir al otro, y que al final de esta hermosísima novela le lleva a preguntarse lo siguiente: «¿Crees que no existen razones, tal como van las cosas allá arriba, para que a un hombre le entren ganas de meterse en el Metro y no salir de él?».

Resistente y persistente, el rastro de David Antona González se remonta a finales de los años cincuenta y primeros sesenta, ya en París, tras dejar una España dominada por el fascismo y engrosar la resistencia libertaria en el exilio. Allí, junto a jóvenes libertarios, participó en la histórica revista Presencia, vivió el Mayo francés y un sinfín de aventuras. En los años setenta fue detenido al llegar a la estación de Chamartín procedente de París y condenado a ocho meses de cárcel por «propaganda ilegal». Cumplió un mes de cárcel en Carabanchel y, tras ser puesto en libertad provisional, más tarde pudo regresar a España. Tiempo después, publicó su primera novela titulada El río en la sangre (Queimada Ediciones). Recientemente, esta humilde editorial se quedó completamente fascinada ante este increíble hallazgo: la brillantísima producción literaria, actualmente sin publicar, de este «novel» escritor, auténtico diamante en bruto cuyos intereses no pueden ser más afines y profundos: Erik Satie, Baroja, la Utopía o el «vino del fin del mundo».


Prólogo de Octavio Alberola | Colección Narrativas del Desorden | 144 páginas | 130 mm x 180 mm | 12 euros | ISBN: 978-84-937467-6-6 | Cubierta: Mario Riviere